Aylloncillo

Aylloncillo

lunes, 2 de octubre de 2017

Hay veces...


... en las que uno escribe un poema para una mujer. Pero puede acontecer, en palabras de Linda Padilla, que "Lo nuestro fue tan fugaz que una estrella nos vio y pidió un deseo". Quizá por ese anhelo subconsciente de mantener vivo lo una vez escrito, se intenta revitalizar lo dicho y encajarlo en un destino más perdurable. O quizá fue un poema para un pueblo que también es susceptible de ser dedicado a una dama. No se admiten celos. Diverso el verso.

martes, 18 de octubre de 2016

Superpoblación


Turistas en Aylloncillo. Año 1978 o 1979. Primavera. Un par o tres de autóctonos, sorianos y navarros. "Chispas" viva. Estudiantes de medicina en el Colegio Universitario de Soria, salvo Javi y "Chispas". 
Cosas que han cambiado: 
La pradera sin dividir. La torre de la iglesia todavía inclinada, aunque no se aprecie en la fotografía. Y la casa vieja, aquella en la que nací, sin reformar, con el corral de paredes altas, la vieja puerta de madera en su entrada, y lo que llamábamos zagurda, que sería zahúrda, bien escrito, con el techo de tejas, a la izquierda de la entrada del corral.
Las dos casas separadas por una pared vertical más o menos centrada y las diminutas ventanas del somero.
El viejo gallinero de Amado, contiguo a la casona, sin las obras de Paco.
En esencia... los mismos... a bastantes kilómetros de distancia... separados... y... lo mismo... treinta y siete años años antes... o después... las casas... más nuevas y... nosotros... más viejos... 


jueves, 21 de mayo de 2015

Educación en libertad


Así eran -y supongo que seguirán siendo, porque hace años que no la visito interiormente- las mesas de la escuela en la que estudié hasta los diez años. Sobrias e incómodas. Aunque con nueve años no reparábamos en eso. Lo importante era lo que se contaba detrás de la mesa que no presentaba un plano inclinado. Las enseñanzas que modelaron una parte de nuestro cerebro y que mantienen todavía formas reconocibles, pese al paso del tiempo. Bien trabajadas, por lo tanto.
Recuerdo que nuestra profesora para todas las materias, doña Gloria, hubo de ausentarse. No recuerdo si por causa de un parto o de una enfermedad. Y nos colocaron a un sustituto varón, que no le llegaba ni a la suela de los tacones.
Aquel sujeto era prepotente, chulito, autoritario, y tres mil veces más inculto que quien nos enseñaba cotidianamente. Además de ser bajito -lo digo porque sorprendía el efecto de caída de las posaderas sobre el asiento desde tan corta altura, no porque tenga nada contra los de talla baja- gustaba de dejarse caer en la silla, tras la mesa del profesor, como un poste recién cortado.
Éramos no más allá de media docena de chavales y chavalas, de diferentes edades, pero el sentimiento de disgusto con aquel personaje era compartido en términos absolutos.
Era muy común por aquel entonces la presencia de ratones en recintos donde los suelos de madera eran la norma constructiva. Y junto a la silla del profesor, algunos de ellos ya llevaban tiempo trabajando, de modo que el agujero, de cinco o seis centímetros de diámetro, iba creciendo poco a poco.
Así que un día se la jugamos. Colocamos la silla con una de las patas situada exactamente sobre el orificio y aguardamos su entrada en el mayor silencio.
El tipo llegó tarde, como acostumbraba y, siguiendo su técnica habitual de tomar asiento, aterrizó en la silla como la caída de un ladrillo desde un décimo piso. Naturalmente, la pata de la silla situada sobre el punto preciso se introdujo profundamente en la oquedad de las tablas y el fulano se fue al suelo estrepitosamente, conque fue imposible reprimir las carcajadas.
Cierto es que luego todos probamos el efecto de un cuadradillo de recia madera en las yemas agrupadas de los dedos, con vistas al techo, pero la satisfacción de ver a aquel impresentable por los suelos nos hizo soportar estoicamente la tortura. Mereció la pena.



martes, 9 de julio de 2013

La siesta



Era verano.
En el corral de dos casas diferentes, separadas por años y kilómetros. Pero el mismo olor. El de un mediodía sobrepasado, tras la comida, invitando a descansar, a pensar, a soñar, despierto o dormido, con las íntimas corrientes eléctricas de un cerebro propenso al ejercicio de la imaginación.
Era el momento de cargar con la vieja manta marrón de cuadros, áspera como la arpillera, y dirigirse hacia la suficiente sombra de aquel olmo en la Pradera, cobijarse bajo su protección, ante la luz abrumadora y el sofocante calor.

La sombra en Castilla, es sombra. La de Aragón es una imitación, mucho más calurosa.

Y allí, tendido sobre el rudo y áspero tacto, sobre el verdoso oscuro de la hierba, te abandonabas en los brazos de Hipnos, o de Morfeo, sin que en el mundo existiese nada más importante.
Quizá sea ése su natural sentido, olvidado, contaminado y distorsionado, como tantas otras infinitas costumbres de humanos de otro tiempo, más sinceros, más lúcidos, menos sofisticados, más naturales. Más auténticos.

jueves, 7 de marzo de 2013

Respira



El silencio se había adueñado de la noche.
Ni una leve brizna de viento desplazaba las pequeñas ramas de los dormidos arbustos.
Un cielo encapotado, pero extrañamente luminoso, dejaba caer sobre la reducida llanura un manto pesado y frío.
La falta de sonido ponía los pelos de punta, alertaba los sentidos, empujaba la piel hacia el interior del cuerpo, asustada, empequeñecida, sorda la vista y trémulo el oído, balbuceante el equilibrio y perdida la voz.
Cada respiración se hacía más lenta, como si el aire aumentara de peso a cada minuto, como si su densidad se tornara sólida.
El tiempo había desaparecido.
Allí entendió que nada tenía sentido, excepto respirar.

sábado, 2 de marzo de 2013

Dejando claro quien es quien



No recuerdo si el incidente que narraré a continuación es anterior o posterior al "Duelo a muerte en la plaza". La memoria, que flaquea. Tampoco tiene mucha importancia. Aunque creo recordar que yo era algo más pequeño.
En uno de esos días primaverales sorianos, donde la tarde va derramándose apacible y la temperatura se ajusta al termostato de los allí nacidos, me encontraba sentado en una losa apoyada sobre un par de piedras, delante de mi casa de entonces, cuando la vi pasar, majestuosa, como tantas veces, frente a mí, a una docena de metros, camino de la fuente deduje, por el rumbo.
Nuestras miradas se cruzaron, pero ella tenía planes más allá de mis caricias. Me devolvió la mirada, pero siguió su camino. Quizá más tarde me dije, cuando haya saciado su sed.

Aquella tranquilidad pausada se rompió de sopetón cuando dos galgos irrumpieron a la carrera en mi campo visual y atacaron rápidamente a Chispitas con inusitada velocidad.
La gata hizo un par de quiebros para evitar sus mandíbulas y les hizo frente, los pelos como escarpias y el rabo tieso como un palo recto, reculando hacia la puerta del gallinero de Amado, donde ahora está la puerta de la casa de Paco. (Para que mis paisanos ubiquen la escena)

Aquellos galgos imponían, y no fui capaz de moverme, salvo para levantarme, pero mientras  había realizado aquél cambio de postura, la gata ya había colocado su rabo contra la madera del portón y se mostraba ante los perros en toda su ferocidad.
La habían acorralado contra la puerta, o eso parecía. Ante semejante algarabía, un tercer perro hizo su aparición, y se apresuró a colaborar en el ataque de sus camaradas.
Me agaché y recogí unas cuantas piedras. Aquello no era una pelea justa, y me disponía a intervenir en favor de mi amiga, pero no hizo falta.

Chispitas dio un salto vertiginoso y se agarró con sus uñas a la madera, sobre las fauces de sus acosadores, sin opción de que pudiesen alcanzarla.
Se subirá a la pared de piedra y los dejará con un palmo de narices pensé. Pero me equivocaba. No sé si ya tendrían rencillas de antaño, o habría acontecido algún oscuro asunto anterior que no estuviese suficientemente saldado, el caso es que la gata se lanzó sobre la cabeza de uno de los galgos: ¡zis, zas!, dos velocísimos zarpazos y otro espectacular salto a la madera.
El galgo abandonó el asedio aullando de dolor, sangrando por dos heridas en la frente y frotándosela con una de sus patas.
Nuevo salto de la gata sobre la espalda del otro perseguidor de liebres y, garras a relucir, otra vez, con el mismo efecto: gata a salvo, aferrada a los tablones de madera y galgo abandonando la pelea, con gimoteos y alaridos.

El tercero en discordia, viendo cómo les había ido a sus compadres, y considerando que no había sido invitado a la reyerta, dio marcha atrás, con elegancia, y desapareció por la primera esquina.
Chispitas descendió al suelo, alisó su pelambrera, echó un vistazo vigilante, por si alguien más quería probar el filo de sus garras, y se encaminó hacia su manta. Ya era suficiente por una tarde.
Apilé las piedras junto al poyato, por si en un futuro próximo se hacían necesarias.

Al día siguiente, a media tarde, igual de acogedora, sentado en el respaldar, observo a Chispitas que aparece caminando tranquilamente por el mismo sitio que el día anterior, camino de la fuente su lugar favorito de caza. 
Los dos galgos, tumbados a la sombra de un remolque en la plaza, levantan la cabeza y la ven, pero ni se mueven. Uno de ellos lanza un aullido lastimero. A ver quien es el guapo que osa desafiar a doña Chispitas.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Sensaciones agradables



Es diciembre. Hace ya frío en las colinas calvas y en los cada vez más deshabitados parajes de la geografía soriana.
El cierzo implacable azota con fuerza por las esquinas, que susurran recuerdos a cuentagotas, imágenes desdibujadas, y piezas de rompecabezas descoloridas por su movimiento, por sus embates intermitentes, que dificultan la concentración mínima para ver y escuchar con nitidez lo que el paisaje rememora, lo que las piedras reflejan, lo que la ausencia de cuerpos debería materializar. Un silencio enmascarado por ese viento ruidoso que separa el pasado del presente.
Es allí, al abrigo de la pared, levantada seguramente para permitir que los escolares disfrutaran de la protección que brinda, contra ese viento gruñón e insensible, donde los recuerdos se materializan, donde uno se ve llegando a la escuela con un abrigo blanco,  pantalones cortos y un bocadillo envuelto en papel de periódico, incluso en invierno.

Es diciembre. Doña Gloria pasea por el Collado en una tarde fría y algo menos ventosa que en Aylloncillo.
Se detiene frente al escaparate de una conocida librería soriana y pasea su mirada por los libros expuestos tras el cristal.
Sorprendida, observa que el nombre de uno de sus escasos alumnos, de aquella escuela hace tiempo abandonada, figura en la portada de uno. Allí, junto a Campos de Castilla,  al lado de una Antología Poética de Gerardo Diego.
Por un momento, una leve sonrisa aumenta el brillo de sus ojos.

Es diciembre. Aquel muchacho que estudió en el instituto Antonio Machado de Soria, que admira profundamente al poeta, observa el instante que ha grabado la fotografía, lejos de la tierra y de la curva de ballesta, del olmo seco y de las colinas plateadas y... también sonríe, disfrutando de la casualidad otorgada por el azar, que hizo que una mano anónima colocase su modesto trabajo al lado de tan grandiosas lecturas.
Un pequeño camino sobre la mar al lado de tan grandes caminos.

Fotografía de David Moisés Antón García.


martes, 8 de noviembre de 2011

Un paseo interior



De vez en cuando, cuando llueve o hace un tiempo desapacible, como en estos días, doy un paseo por mi cerebro. Y rebusco por las neuronas imágenes que ya no son de este mundo: formas, siluetas y colores imposibles de encontrar ya en ninguna parte del planeta ni del universo.
Únicamente en el interior de alguna otra cabeza viva.

A veces, incluso hago un minucioso recorrido por aquella casa que habité cuando era niño. La recorro de arriba abajo, deteniéndome a contemplar detalles que inconscientemente hubieron forzosamente de ser grabados, porque de otro modo no podría ahora verlos ni recordarlos.
Y me sorprendo abriendo la fresquera de la cuadra del portal, con sus alineados pesebres, tocando la textura del magnífico gamellón de madera de una sola pieza y huelo los jamones, atiborrados de sal, de su interior; los chorizos y las morcillas colgados de los machones con su penetrante aroma.

El agua está tan fría como siempre cuando me lavo las manos en la jofaina de loza del portal, y todavía cruje aquel peldaño de la escalera cuando subo al piso superior y protestan las tablas del suelo del cuarto del lustre bajo mi presencia.
Levanto la aldaba de la puerta del desván y asciendo a la oscuridad y al silencio de la gran estancia bajo el tejado. Huele a madera envejecida, a las bolas de alcanfor entre la ropa de los arcones y a una manta de manzanas extendidas sobre el alisado suelo, madurando despacio en aquel frigorífico natural.

Por el minúsculo cristal de la ventana de madera, un haz de luz ilumina la penumbra como un faro en la noche. Del cajón de la cómoda extraigo aquel capítulo en el que el Capitán Trueno rescata a Sigrid de los vikingos prehistóricos y, acercando la silla cojeante, que tantas horas soportó mi peso, me coloco en el trayecto de la luz, para leer, de nuevo, aquellas aventuras.

De vuelta a la cálida temperatura bajo las sábanas, converso con el niño que siempre va conmigo: “Ya ves, Toñín, empezamos a recordar mejor los tiempos pasados que los presentes. Eso debe significar que nos gustan más, que los echamos de menos, o que nos estamos haciendo mayores, tú más que yo, puesto que naciste antes”.
Sonríe, pero no me dice nada.

lunes, 3 de octubre de 2011

Las Aleluyas



En  Aylloncillo, como en muchos otros pueblos de la geografía nacional, el domingo de resurrección, al margen del contenido religioso, se celebraba el día de las Aleluyas.
Los mozos de la comarca se reunían y la recorrían, andando, por supuesto, poniendo ramos a las mozas en los balcones de sus casas. Flores o cualquier hierba de los contornos que tuviese un olor agradable, ya que la floricultura no era tan variada ni su consumo se explotaba como en la actualidad.

Me cuenta mi hermano, ya que yo no viví aquellas experiencias, que un año, una quincena de mozos iniciaron el recorrido, como era costumbre. Al parecer, comenzaban por Pedraza, continuaban por Buitrago, y finalizaban en Portelrubio, pudiendo variar la ruta, en función de las vicisitudes que fueran acaeciendo en la larga jornada, que podían ser muy estimulantes, como verán a continuación: algunas de ellas fomentadas por unos cuantos tragos que caían en la gloriosa marcha, sin ningún peligro para la seguridad vial, porque el número de vehículos era mínimo, y la única conducción a desarrollar se hacía sobre dos piernas.

En Pedraza se toparon con una carro de vacas, aparcado en la calle, y no se les ocurrió mejor cosa que, entre todos, subirlo hacia la iglesia del pueblo, que, como saben los que alguna vez han estado allí, se encuentra en lo alto de un cerro, dominando la población.
Una vez llegados al punto geográfico que consideraron apropiado, lo soltaron, y el carro empezó una loca carrera por la pendiente, saltando eras, paredes y todo lo que encontraba a su paso, con la suerte que no se empotró contra ningún edificio, sino que atravesó la población, los cultivos que tiene en su lado sur, y llegó hasta los huertos, a casi medio kilómetro del punto de suelta original. Allí, junto a la fuente, la pértiga se clavó en el suelo, se partió y el carro quedó completamente desvencijado.
No daré detalles de quienes componían aquella cuadrilla, porque aunque se supone que también algunas fechorías prescriben, pudiera ser que todavía alguien reclame daños y perjuicios. No obstante, si alguno de ellos lee este artículo, agradecería enormemente que me enviara un correo electrónico para ampliar la "documentación histórica" de aquellas aventuras.

Ya de noche, en Buitrago y con el grupo disgregado, tres de los mozos se topan con un inesperado medio de transporte, un macho romo (hijo de caballo y burra) suelto.
Los cuatro se miran fijamente a los ojos. Los tres humanos lo conocen. Saben de quien es el macho. Y saben que el cuadrúpedo tira unos bocados de espanto. Pero alguna sustancia que circula por sus venas en niveles más altos de lo habitual les anima a dar el paso. El animal seguramente percibe por su nariz la situación o un sexto sentido le avisa que no merece la pena resistirse. Los tres lo montan y se dirigen al galope hacia la salida del pueblo, enfilando la carretera.
De súbito, el mulo hace un extraño o da un tropezón y los tres buenos mozos salen disparados por encima de sus orejas deteniéndose en la hierba fresca de la cuneta, mientras la acémila regresa sobre sus pasos hacia la libertad de la noche.
Se acabó el transporte. Afortunadamente no ha habido ninguna lesión de importancia.
Habrá que completar el resto del camino a patita.

A mi hermano. Por todos los buenos ratos con los que nos ha deleitado con las aventuras de aquellos tiempos.

viernes, 19 de agosto de 2011

El Respaldar



Había olvidado su nombre. Durante muchos años el grueso de mi batallón neuronal había pasado de largo sobre aquel rincón, quizá porque visualmente no tenía nada que ver con lo que fue, con lo que había sido: una posición de ojeo, un punto de reunión de amigos y vecinos, un lugar de tertulias vespertinas a cobijo del caluroso sol de Agosto.
Es curioso que una obra cualquiera o una remodelación urbana borren de un plumazo años de recuerdos visuales y auditivos, y ese torpe cerebro acostumbrado a la estúpida civilización de la modernidad se fije de repente en el nuevo aspecto de las cosas, sin reparar en lo que había, en lo que se fue, en lo que se perdió.
Y eso fue lo que ocurrió, hasta que hace algunas noches, alguna neurona cuarentona solitaria, o heredera, encauzó a la tropa de células pensantes o almacenadoras de recuerdos que, tras un súbito tiempo sin respuesta a la pregunta: ¿Pero cómo se llamaba aquel sitio donde nos sentábamos, donde ahora sólo queda una pared?, respondió de repente, clara y nítidamente: El Respaldar.

Y supongo que tenía ese nombre desde muchos años atrás.
Un viejo, ajado y sufrido tronco de raza arbórea que no soy capaz de identificar ahora, quizá un vetusto roble, acostumbrado a todas las calamidades y penurias, humanas y de la intemperie, proporcionaba al casi siempre vespertino inquilino un lugar donde acomodar sus posaderas, y detrás, la vieja pared del exterior del corral dejaba que las espaldas de aquellos transeúntes se apoyaran en su poco liso trazado, pero suficiente, al menos entonces, para servir de punto de reunión, de lugar de confidencias, de risas o de duelos, y de dar ese nombre, precioso a mi parecer, al renombrado enclave.

Quemado por cientos de cigarros apagados en su madera, acuchillado sin piedad por navajas en trazo inconsciente o de firme y preciso camino, refugio de hormigas, termitas o insectos de lo más variado, aquel rincón fue un lugar de reunión espontáneo, apetecido por varias generaciones, en grupo o en soledad, hasta que la novedad, el desconocimiento, los aires de riqueza o el azar acabaron con su magnetismo, con su poderosa atracción de reunión de propios y extraños, de humanos o animales, cuando los perros todavía andaban sueltos y los mayores todavía se hablaban, en pueblos habitados, durante más de media hora, o tardes enteras.

Me hubiera gustado escuchar ahora, con la serenidad de la madurez, aquellos coloquios, seguramente más interesantes que la mayor parte de los que hoy se oyen, o yo escucho, porque aquellos adultos habían pasado por circunstancias muy duras: una guerra civil terrible y una postguerra ominosa. Las charlas que se traían entre manos mi padre y su amigo, el señor Eugenio cuando se juntaban sobre aquel tronco en largas y animadas conversaciones que duraban hasta el anochecer. Situaciones imposibles que se echan de menos. O quizá sea que, como se echan de menos a las personas, las neuronas nos dirigen hacia los lugares que frecuentaban  para acercarnos a los ausentes.

jueves, 16 de junio de 2011

Navegando entre mares de trigo



Recuerdo el frío de las sábanas gélidas, casi húmedas, en aquella casa grande y bonita, suavizado algunas noches por las ascuas de la chimenea encarceladas en un calentador, que era de cobre, o de hierro con la tapa de cobre.
El frío matutino y la pereza de salir de la cama, ya caliente, al aire frío de la habitación sin calefacción. La ropa tibia, recién calentada, que mi madre tenía preparada para vestirme y salir de casa, rumbo a una escuela situada a cien metros, andando, sin autobús, sin coches, sin peligro alguno.

La media docena de compañeros de clase. Los cánticos a María en primavera, en el mes de las flores, frente a aquella reproducción de un cuadro de Murillo que estará ya hecho añicos.
Y los descubrimientos asombrosos que hacíamos a diario en los libros, que tenían alguna foto, pero pocas, de construcciones humanas que nunca nos hubiéramos imaginado, de mares, parecidos a los de cereales movidos al viento que conocíamos bien, pero más grandes, donde la vista nunca llegaba a ver su final.

Entonces no teníamos televisión en el pueblo. No había llegado ninguna todavía. Y éramos felices sin ella. Ya lo creo que lo éramos.
Sabíamos mucho menos que ahora, pero todo era mucho más mágico, mucho más manual. Cada quehacer tenía una técnica concreta y siempre podía surgir algún imprevisto.

Aprendimos cosas que habían hecho otras civilizaciones anteriores a nosotros, y conclusiones a las que habían llegado otros hombres, ilustres sin discusión. Grandes historias de viajes y descubrimientos sobrecogedores, de tierras nuevas, de nuevas islas; cruzadas de aventuras con innumerables riesgos y tremendas penalidades.

La siega y la recolección. Tres meses repitiendo las mismas tareas que ahora se me antojan prodigiosas y magníficas, pero duras y sufridas de narices. Al azar del tiempo y de la meteorología.
Y había percepciones irrepetibles. Por ejemplo, aquella en la que en un atardecer de Agosto de un día más que caluroso, el tiempo cambiaba de repente y el cierzo o el solano salían de la jaula del dios Eolo enfurecidos y briosos, galopando hasta llegar a los últimos rincones de mi mundo, que entonces era muy pequeño, y el frío se apoderaba de los trigales y de los caminos por donde transitaba una galera tirada por tres machos y cargada de sacos de trigo recién segado, con mi hermano sentado en una de las lanzas.
Y en lo alto de ella, un niño de ocho años atisbaba el horizonte y soñaba con malvados que aparecerían de un momento a otro y contra los que habría de pelear.
Pero como no aparecían y el frío se hacía más intenso, con su pequeña fuerza y tesón, recolocaba los sacos de trigo adecuadamente, se hacía una pequeña madriguera resguardada de los vientos y se rodeaba de ellos. De talegas de trigo caliente recién cosechado que emanaban el calor acumulado en el tórrido mediodía, dejando únicamente expuesta al furioso vendaval su pequeña cabeza; y así, calentito y mecido por el disciplinado paso de los cuadrúpedos y los vaivenes de las ruedas de madera revestidas de metal en su circunferencia; amortiguados los baches del camino de tierra por millones de granos bajo su cuerpo, recorría la distancia que le separaba de aquella, su casa.
Feliz como nadie en el mundo.

A mi madre, por sus desvelos,  por su ejemplo y su tenacidad.

viernes, 3 de junio de 2011

Duelo a muerte en la plaza



Yo tenía ocho o nueve años.
Chispitas era una gata preciosa. Sólo con verla caminar ya transmitía una sensación agradable, de sosiego y confianza, de honradez y lealtad.
Era la gata mas cariñosa que he conocido hasta ahora. Cierto es que he conocido a pocas.
Chispitas era la gata de uno de nuestros vecinos. Se llevaba a matar con la perra pastora del mismo dueño y, sin embargo, congeniaba de maravilla con mi perra: Chispas.

Cuando mi perra se tumbaba en las losas del corral, a la hora de la siesta, y aparecía por allí la gata, se subía encima de su panza, sin que Chispas hiciese otra cosa que levantar ligeramente su cabeza para saber quien era el recién llegado y depositarla nuevamente sobre la piedra; y una vez aposentada y cómoda, ambos animales sesteaban durante un buen rato, hasta que alguno de los dos daba por terminada la faena, o hasta que algún otro felino o canino se acercaba por la puerta y entonces, dependiendo de la situación, se producían bruscos despertares.

Cuando la gata se me acercaba, me ponía en cuclillas y extendía mi brazo derecho hacia ella. Entonces, trepaba hasta mis hombros y se tumbaba sobre mi cuello con las patas delanteras sobre mi hombro izquierdo y las traseras sobre el derecho.
Luego yo me incorporaba y hacía las actividades propias de un niño de mi edad, sin dar saltos ni hacer maniobras bruscas, consciente del placer de llevar encima tan agradable peso.
Cuando ella consideraba que debía dedicarse a otros menesteres, se levantaba, y se estiraba arqueando el lomo cual cerro recién creado; yo me agachaba y extendía hacia el suelo mi brazo izquierdo, por el que ella descendía hasta mis pies pausada y elegantemente. Unos pocos ronroneos y caricias por ambas partes, y después se marchaba hacia su nuevo destino, dejándome observándola con una sonrisa en los labios, hasta que la perdía de vista tras la esquina de algún callejón.

Un día estaba yo jugando al frontón en el frontón con suelo de hierba de mi pueblo, cuando Teo, un mozo de unos veintitrés años, uno de los hijos de nuestros vecinos, me llamó: "Toño, ven aquí...¡Corre!".
Abandoné la pelota a su rebote y corrí hacia él con la raqueta en la mano. Señalaba con el brazo extendido y el dedo índice de igual manera hacia el centro de una pequeña plazoleta que hay delante del callejón de su casa.
Al doblar la esquina y llegar a su posición, ya detenido, la ví. Era un víbora.
Bastante quieta, sobre el suelo de tierra seca. Me pareció enorme.
Ya no recuerdo exactamente si Teo llamó a la gata o fue a buscarla, quizá porque me quedé hinoptizado mirando al reptíl desde unos siete u ocho metros de distancia.
Ya entonces no me gustaban nada las serpientes, ni los serpientos, y siguen sin gustarme, aunque hay algunas muy bellas, sin duda.

La siguiente imagen que recuerdo tras salir de mi trance, es a la gata a mi lado, mirando como yo, tensa y vigilante al sinuoso animal que teníamos delante, pero al contrario que yo, ella, con medidos pasos, empezó a caminar hacia el reptil cada vez con mayor precaución y alerta.
Nosotros, Teo y el escribiente, también nos acercamos más, hasta unos tres o cuatro metros del escenario, donde sabíamos que se iba a desarrollar una pelea por la vida de una de las dos luchadoras.
Supongo que Teo confiaba ciegamente en su gata y no temía por su vida. Yo no estaba tan seguro y sí que lo hacía. Pero no dije nada.

La gata se acercó a la serpiente hasta, aproximadamente un metro de distancia. Para entonces, la víbora se había enroscado sobre sí misma y, con la cabeza erguida, adoptaba una clara posición de defensa.
Chispitas comenzó a dar vueltas sobre ella, como los indios girando alrededor de un campamento de colonos con carretas en el salvaje oeste, manteniendo la distancia y haciendo que la serpiente hiciera giros imposibles.
Ninguna de las dos se decidía a dar el primer paso. La gata atacó primero hacia la cabeza de la víbora, pero ella esquivó y atacó a su vez haciendo que la gata saltara hacia atrás como si le hubiese caído un cubo de agua encima y, durante un tiempo que se me antojó inmenso, se sucedieron ataques y contraataques a la velocidad de la luz, sin ningún contacto físico entre ambos contendientes.
No estimo que esa situación durase menos de cinco minutos de un espectáculo sublime, con bolsas de polvo en derredor de la lucha, por la tremenda actividad y velocidad de la misma.
No teníamos entonces cámaras fotográficas, ni de vídeo y yo, seguramente ni sabía de su existencia.
La pelea seguía en tablas y Teo y yo permanecíamos de pie sin mover un músculo. Empezaba a sentirme angustiado por la suerte de la gata, a la que tanto quería.

Hubo un inciso en la refriega y Chispitas volvió al perímetro de seguridad de un metro, volviendo a girar sobre la serpiente, como dándose un respiro. Luego, volvió a internarse en la zona de peligro y adelantó durante una milésima de segundo su cabeza. Fue una treta. La víbora se lanzó como un huracán sobre el objetivo, pero la gata echó la cabeza atrás una décima de segundo antes del impacto, y una centésima después hacia adelante agarrando con sus dientes el cuello de la serpiente, justo por detrás de la cabeza, que había pasado rozando sus bigotes en el instante anterior.

Mis músculos se relajaron, noté el ruido de la salida del aire de mis pulmones y volví a ser consciente de que existía.
Ya no había peligro para la gata.
Apenas unos minutos después, la víbora estaba muerta y Chispitas la soltó, aunque su cuerpo seguía moviéndose, pero el felino ya sabía que no representaba ningún peligro para su integridad física.
Se sacudió la pelambrera cubierta de polvo por la batalla, se alisó los bigotes y se fue, camino de su manta en el cobertizo de sus dueños como si nada hubiera pasado.

(Dedicado a mis hijos. Para que se den cuenta que se puede escribir una historia sobre casi cualquier cosa. Y para que aprendan que no todo lo interesante sucede en el presente. Que hay muchos mundos en este planeta y muy amplios, y que el lenguaje también es importante).
(A la memoria de una perra y una gata muy especiales).

Y es algo diferente a:
"Que sí troncamen, que yo tenía ocho tacos, y me llamó un colega, y cuando llegué corriendo ví una víbora. Y el tío.. ¡cooo! se trajo a una gata suya y la agarró por el cuello y la mató. ¡Guapi!... ¡cómo me moló aquello!, ¡co!... ¡fue bestial, colega!..¡guay y rechachi, macho!".
Algo diferente, creo yo.

(Publicado originalmente el 28/03/2010)

martes, 31 de mayo de 2011

Donde habita el olvido



Hubo un tiempo en el que en este pequeño rincón cercano a Numancia nacían seres humanos. Y ocurrían sucesos que se registraban en los libros del Concejo y en las hojas parroquiales. Y otros que sólo quedaban grabados en soportes tan perecederos como son las neuronas. Aunque de eso hace ya muchos años.

Una pequeña cohorte de individuos aprendimos aquí, en la escuela que aparece en una fotografía lateral y en la portada de otra entrada del blog, el valor y el sentido de las palabras, el sabor dulce de la buena lectura, el trazo tranquilo y rasgado de la tinta sobre el papel, el rumor de las llamas de la estufa sobre el silencio del estudio, el olor peculiar a madera y a hojas de libros viejos. Nostalgia.

Hace más de cuarenta años que sucedía lo que el párrafo anterior describe, y no se repitió en generaciones posteriores, porque la escuela se cerró, aquellos jóvenes imaginativos, despiertos y soñadores se fueron a la ciudad. La estufa se oxidó con el paso del tiempo, como nuestras células, y aquella escuela pasó a ser una tumba de letras y palabras, un cementerio de tinteros y pupitres, un sepulcro de enseñanzas y comprensiones.
También nuestra maestra, que tan bien nos enseñó, se convirtió en polvo, como lo haremos todos los que estamos hechos de carbono. Ley de vida.

Pero ella lo hizo bien. Uno lo aprecia en la distancia, tras las cortinas de los años. Quizá se tiende a magnificar lo que ya quedó tan atrás. Pero no. No es el caso. No estaba allí para cumplir el expediente, no. Estaba allí para enseñarnos. Estaba allí para que aprendiésemos, y lo hizo, nos enseñó y aprendimos. Unas labores harto difíciles, las de educar y enseñar, ambas realizadas a la perfección. Una  profesora para todas las materias, Matemáticas, Geografía, Historia, Química, Literatura... y buena en todas. Maestría.

Sistemática, metódica, perseverante, dulce pero firme, agradable y exigente, abierta, aunque seria, afable, empero tenaz. Doña Gloria. Una mujer. Una señora. Una maestra. Y no tenía nada que envidiar de los profesores que tuvimos después, en el bachillerato o en la Universidad. Nada en absoluto. Porque lo que ella nos enseñó en aquellos primeros años es lo que más y mejor recordamos, o recuerdo, aprecio y valoro: sinceridad, humildad, sencillez... el valor de las palabras, de la escritura, del silencio... y todo un ejemplo ético personal. Valores.